La magia de creer para ver

domingo, 9 de junio de 2013

La vana palabra

Me has mirado por tantos rostros...
me has acariciado con tantas manos...
has brizado mi cuerpo con tu aliento
y sorprendido mis ojos con tu halo brillante,
has llenado mi cesto con doradas monedas
y extendido canciones de boda
a los pies de las albas,
pero jamás te he visto,
jamás a solas contigo,
jamás se termina esta desgracia
de la vana palabra que me aleja de ti.


Manuel Pérez Villanueva

Inodoro

Me identificoro más y más con los que no
conoz-coro
Me identifico, no conozco.
Y las muje-jeres y los hom-bres-bres me
siguen sorprendiendo
Mujeres, hombres. Sorpresa.
Porquere somos parte del señor que hace los
tacos en la esquinara,
Los tacos y el señor.
Y también del chofere que transitara a penas
duras sui generis peseroro
Camión, también, duras poco.
Porquere somos los que servimoros de
estadísticaras
para las cienciosas de hoy día:
Unoro, dosoro, tresoro,
Uno-dos-tres,
tres veces tres y siete veces seis,
cientoro por cientoro
545 veces al año
¡de todos mododoros vamoros a morir!
Modos de morir.
Igual se entretiene el gatoro con una hebra
de hilo.
Gato hebra.
Entretenidos estamos,
Tenidos entre que estamos
Porquere somos, somos cosmoros:
somos porque.

Caliche Caroma

Frío como el invierno

Roma, 1995

Estamos en invierno y esto es Roma
y tú no estás.
                          
Yo voy de un lado a otro
de tu nombre,
                            
lo mismo
que un oso en una jaula;
                                                
marco un número;
pongo la radio, escucho una canción
de Patti Smith dar vueltas dentro de Patti Smith
igual que un gato en una lavadora.

Estamos en invierno y yo busco un cuchillo;
miro la calle;
                           
pienso en Pasolini;
cojes una naranja con mi mano.

Y esto es Roma.
                                
La nieve
convierte la ciudad en una parte del cielo,
ilumina la noche,
deja sobre las casas su ángel multiplicado.

Y tú no estás.
                           
Yo cierro una ventana,
miro el televisor,
                                  
leo a Ungaretti,
                                                                    
pienso:
la distancia es azul,
yo soy lo único que hay entre tú y este frío.
Estamos en invierno y esta ciudad no es Roma
ni ninguna otra parte.
                                             
Miro atrás
y puedo verlo: acabas de apagar una lámpara;
has cerrado los ojos
y sueñas con un bosque;
                                                  
de repente
alargas una mano,
                                     
buscas una manzana
que está en el otro lado de la mujer dormida...

Mientras,
                     
yo odio este mundo frío como el infierno
y el cansancio que caza lentamente mis ojos;
odio al lobo que has puesto en la palabra noche
y la forma en que llenas la habitación vacía.
Odio lo que veré
desde hoy y para siempre: tus pisadas
en la nieve de Roma, donde nunca has estado.

De "Todos nosotros" 1998
Benjamín Prado

El poeta

A veces no quisiera
morder una canción en la naranja;
ni oír que en el reloj se enrosca lentamente
la anaconda del día;
ni buscarle a los muros blancos de lo visible
las grietas donde crece
la flor oscura de la realidad.

A veces siento envidia de quien no está obligado
a abrir en cada nombre en tragaluz
que aclare
su infierno y su sentido;
quien no ve en la escalera
                                        la terrible
                                                    columna
                                                                  vertebral
del dragón de los sótanos
o no intuye en las cruces el ancla de la muerte.

Qué hermoso debe ser un diccionario
en el que las palabras no sean contraseñas,
ni llaves,
ni victorias,
ni redes,
ni aduanas,
sino sólo ellas mismas: huracán, cicatriz,
selva,
música,
amante,
silencio,
rompeolas…

A veces
no querría imaginar que existes,
ni soñar que las líneas de mi poema dejan
un zarpazo en tu piel.

Porque es dulce cortar el alambre de espino
de los versos tachados;
saber que en el maíz se deletrea un tigre;
bajar a las palabras en busca de su música,
ser su centro
como la capital del dolor es la herida;
y a la vez es tan duro
admitir que padeces
la maldición de todo lo que al no ser exacto
tiene que conformarse
con ser sólo infinito:
cada poema trata
de lo que no ha logrado el poema anterior.

Dime tú si al final tendré que arrepentirme.


De “Marea convocada” (segunda edición) 2010
Benjamín Prado

4 de octubre en Landmark Hotel

-Si es un sueño no quiero que nada me despierte
-decías con El ángel que nos mira en la mano
y corriendo bajo la lluvia- decías
la tormenta es un tigre,
el tigre tiene un movimiento de árbol
que va entrando en la noche.

Bajo la lluvia,
a solas con tu vida entre cielos e infiernos,
entre nada ya es suficiente y demasiado no basta,
mirabas caer la oscuridad en los parques
-como un sonido de campanas sobre el agua-
y decías una canción es sólo
la forma de salir de un callejón sin salida,
mirabas la oscuridad,
con tu corazón perseguido por los leones,
con tus plumas azules y tus sortijas árabes.

20 años después, mientras me hablas
de pequeñas ciudades -me pregunto
si un recuerdo es algo que conservamos
o algo que hemos perdido-, de pequeñas ciudades junto al mar,
yo comprendo que sólo fuiste un sueño. Y como dice
Delmore Schwartz en una canción de Lou Reed,
en nuestros sueños comienzan nuestras responsabilidades.

La última playa es fría y tiene una luz extraña,
una luz blanca hecha de pájaros caídos.
20 años después, desde este mundo
de las cosas tal como son, tenemos
nuestras propias preguntas y respuestas
que huyen de tu nombre
como animales asustados por un trueno.

El sueño es dulce, sientes
grandes ruedas de fuego en el calor del día.
y Lou Reed también dice
que si cierras la puerta
tal vez la noche dure para siempre.


De "Cobijo contra la tormenta" 1995

Benjamín Prado

Conversación en la isla

-Escribir un poema es intentar desatarse,
adivinar en qué mano está la moneda
-dije yo-. Tú mirabas
el sol igual que un fuego encima de la isla
y yo dije: -La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo.
Yo veía
las torres blancas. Tú dijiste: -Es raro,
nos gustaría huir
pero nadie nos sigue.

Junto al agua,
partiendo nuestras vidas,
cortándonos las manos al coger los cristales,
tú dijiste: -La poesía es todo
lo que hay entre un disparo y el animal herido.
Parecías
tan lejos, tan a salvo
de ti y de mí;
distinta igual que siempre,
rota y vuelta a armar de una manera nueva.

El sol se fue. La noche
se acercaba y yo dije: -¿Recuerdas que jugábamos
a poner nuestros años
al lado de la Historia? Por ejemplo:
aprobaste Latín y Armstrong llegó a la luna...
Y tú dijiste: -El fuego
de los días,
la suma
de las horas,
las letras de "Armstrong llegó a la luna"...
Estábamos tan solos,
tan cansados,
como perros perdidos en medio de la lluvia,
como hombres mirando la noche desde una casa vacía.

Vi las últimas luces de la costa y el cielo
extraño encima de la playa. -A veces
-dije- no hay más que eso
y algún sitio donde ir pero ningún sitio donde quedarte
y palabras que son las piezas del abismo
y recuerdos igual que disparos en una diana.

Luego llegó la luz, el ruido azul
de la mañana,
mientras tú decías:
-Te di mi corazón y quisiste mis sueños,
te di mis sueños pero quisiste mi esperanza.
y yo dije: -Sí, es eso. Eso es todo:
una sola mujer y un millón de maneras de perderla.
Me miraste. Dijiste: -¿Y después? Y yo dije:
-Nada. Después no hay nada.
Después de eso
tenemos que estar juntos para siempre.

Nos quedamos callados,
junto al agua,
mientras la luz rompía el orden de la noche,
mientras el mar se estrellaba contra los nombres de las ciudades.
Mirando el sol sobre las torres blancas.
Cada uno observando su corazón moverse
lo mismo que un pez rojo en la oscuridad de un río.

La sombra de las torres se parecía a mi vida.

Cada uno protegido por su propio dolor,
como ángeles mirando una tormenta desde el fondo del cielo.



De "Todos nosotros" 1998
Benjamín Prado

domingo, 2 de junio de 2013

Mi universidad

¿Sabe francés,
restar,
multiplicar?

¡Declina maravillosamente!
¡Que decline!
Pero oiga,
¿acaso usted podría cantar a dúo,
con los edificios?
¿Usted acaso comprende
el idioma de los tranvías?
El hombre, a veces,
apenas sale del cascarón
y ya lleva libros bajo el brazo,
y cuadernos escritos.
Yo,
aprendí el alfabeto en los letreros,
hojeando páginas de estaño y hierro.
Los maestros,
toman la tierra,
la descarnan,
la destrozan,
y enseñan:
-Toda ella
no es más que un globo pequeño, redondo.
Pero yo,
con los codos aprendí geografía.
No en vano he dormido tanto sobre la tierra.
Los historiadores se atormentan con importantes preguntas:

-¿Era o no era roja la barba de Barbarroja?
¡Que sea!
No me gusta meterme en las mentiras con telaraña.

Yo conozco de Moscú, cualquiera de sus historias.

Hablan de Dobroliubov (para que lo odien)
pero su apellido está en contra,
protesta la familia.
Yo,
desde niño
aprendí a odiar a los gordos,
a los que se venden por una comida.
Se sientan,
charlan,
y para gustarle a la dama,
hacen sonar sus pobres ideas
con sus frentes llenas de monedas.
Yo,
dialogaba sólo con los edificios,
y las tomas de agua eran mis interlocutoras.
Con la ventana del oído atento escuchando,
los techos oían lo que les arrojaba al oído.
Y luego,
de noche,
sobre una cosa
o la otra
nos pasábamos charlando,
moviendo la "sin hueso".


Vladimir Mayakovski