La magia de creer para ver
martes, 10 de septiembre de 2013
Poemas con gato
Para Horacio Salas
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Letra breve,
Obras de arte absolutas
Un pájaro se puede detener
en la punta de un árbol y abarcar
la inmensidad del cielo. Yo también,
sentado frente al muro,
me detengo en la punta
del álamo y contemplo
la inmensidad. La surcan pensamientos
involuntarios. ¡Cuántas nubes
fugaces, cuántas aves
sucesivas!
Y las dejo pasar... y son tragadas
por este espacio inmenso
que soy yo:
sereno, transparente, luminoso
¿quién soy
Yo?
Hugo Padeletti
viernes, 6 de septiembre de 2013
Dos cafés en El Español
Dos cafés en El Español, las últimas
brillantes gotas de dorado Barsac en una copa,
pasta de higo y garrapiñados... Hardy está muerto,
y James y Conrad muertos, y Shakespeare muerto,
y el viejo Moore madura para una tumba obscena,
y Yeats para una estéril; y yo, y tú.
¿Qué sudarios para nosotros, qué tablas y ladrillos,
qué farsas, velas, preces y piadosos engaños?
Tú estarás envuelta en escarlata de Siria, mujer
y te pondrán tus perlas, y brillantes pulseras
y tu anillo de ágata, y colgará en tu cuello
tu lapislázuli azul con pintas de oro.
Y yo, a tu lado -¡ah! pero ¿será así?
Porque hay oscuras corrientes en este mundo oscuro, señora,
corrientes del Golfo y Árticas del alma;
y yo seré quizás, antes que nuestra consumación
nos acueste juntos, mejilla contra mejilla, bajo la tierra
barrido a otra costa donde mis blancos huesos
yacerán olvidados o profanados por gaviotas.
¿Qué dignidad podrá la muerte conferir a nosotros,
que nos besamos bajo un farol en la calle, nos cogemos de las manos
medio ocultos en un taxi o repletos
de café, de higos y Barsac nos dirigimos
a una oscura alcoba en una casa carcomida?
La aspidistra guarda la puerta; entramos,
per aspidiastra –luego ad satra- ¿no es así?
Y nos enllavamos seguros en nuestras tinieblas
nos soltamos del terror... aquí está mi mano,
la cicatriz blanca en mi pulgar, y aquí está mi boca,
para acallar tu rumor, tendidos sin hablar
pensemos en Hardy, Shakespeare, Yeats o James;
calmemos con mágicos nombres nuestro pánico.
Miremos al techo, donde los focos de los taxis
forman espectros de luz, y veamos, más allá de este techo,
aquel otro lecho en que no nos moveremos:
y, juntos o separados, no amaremos.
Conrad Aiken
brillantes gotas de dorado Barsac en una copa,
pasta de higo y garrapiñados... Hardy está muerto,
y James y Conrad muertos, y Shakespeare muerto,
y el viejo Moore madura para una tumba obscena,
y Yeats para una estéril; y yo, y tú.
¿Qué sudarios para nosotros, qué tablas y ladrillos,
qué farsas, velas, preces y piadosos engaños?
Tú estarás envuelta en escarlata de Siria, mujer
y te pondrán tus perlas, y brillantes pulseras
y tu anillo de ágata, y colgará en tu cuello
tu lapislázuli azul con pintas de oro.
Y yo, a tu lado -¡ah! pero ¿será así?
Porque hay oscuras corrientes en este mundo oscuro, señora,
corrientes del Golfo y Árticas del alma;
y yo seré quizás, antes que nuestra consumación
nos acueste juntos, mejilla contra mejilla, bajo la tierra
barrido a otra costa donde mis blancos huesos
yacerán olvidados o profanados por gaviotas.
¿Qué dignidad podrá la muerte conferir a nosotros,
que nos besamos bajo un farol en la calle, nos cogemos de las manos
medio ocultos en un taxi o repletos
de café, de higos y Barsac nos dirigimos
a una oscura alcoba en una casa carcomida?
La aspidistra guarda la puerta; entramos,
per aspidiastra –luego ad satra- ¿no es así?
Y nos enllavamos seguros en nuestras tinieblas
nos soltamos del terror... aquí está mi mano,
la cicatriz blanca en mi pulgar, y aquí está mi boca,
para acallar tu rumor, tendidos sin hablar
pensemos en Hardy, Shakespeare, Yeats o James;
calmemos con mágicos nombres nuestro pánico.
Miremos al techo, donde los focos de los taxis
forman espectros de luz, y veamos, más allá de este techo,
aquel otro lecho en que no nos moveremos:
y, juntos o separados, no amaremos.
Conrad Aiken
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jueves, 5 de septiembre de 2013
El desertor
Señor presidente
Le escribo esta carta
Que quizá lea usted
Si tiene tiempo
Acabo de recibir
La orden militar
Para ir a la guerra
El próximo miércoles
Señor presidente
No voy a hacerlo
No vine a este mundo
Para matar pobre gente
No quiero que se enfade
Pero he de decirle
Que mi decisión es firme:
Voy a desertar
Desde el día en que nací
He visto morir a mi padre
Partir a mis hermanos
Y llorar a mis hijos
Mi madre sufrió tanto
Que ya está bajo tierra
Se ríe de las bombas
Y hasta de los gusanos
Cuando estuve preso
Me robaron la mujer
Me robaron el alma
Y todo mi pasado
Mañana muy temprano
Les cerraré la puerta
A aquellos años muertos
Y me echaré al camino
Pediré limosna
Por las rutas de Francia
De Bretaña a Provenza
Y les diré a las gentes:
«Niéguense a obedecer
Niéguense a colaborar
No vayan a la guerra
Niéguense a partir»
Si hay que derramar sangre
Derrame usted la suya
Pues tan buen apóstol es
Señor presidente
Si ordena que me busquen
Dígales a sus agentes
Que no llevaré armas
Que pueden disparar.
Boris Vian
Le escribo esta carta
Que quizá lea usted
Si tiene tiempo
Acabo de recibir
La orden militar
Para ir a la guerra
El próximo miércoles
Señor presidente
No voy a hacerlo
No vine a este mundo
Para matar pobre gente
No quiero que se enfade
Pero he de decirle
Que mi decisión es firme:
Voy a desertar
Desde el día en que nací
He visto morir a mi padre
Partir a mis hermanos
Y llorar a mis hijos
Mi madre sufrió tanto
Que ya está bajo tierra
Se ríe de las bombas
Y hasta de los gusanos
Cuando estuve preso
Me robaron la mujer
Me robaron el alma
Y todo mi pasado
Mañana muy temprano
Les cerraré la puerta
A aquellos años muertos
Y me echaré al camino
Pediré limosna
Por las rutas de Francia
De Bretaña a Provenza
Y les diré a las gentes:
«Niéguense a obedecer
Niéguense a colaborar
No vayan a la guerra
Niéguense a partir»
Si hay que derramar sangre
Derrame usted la suya
Pues tan buen apóstol es
Señor presidente
Si ordena que me busquen
Dígales a sus agentes
Que no llevaré armas
Que pueden disparar.
Boris Vian
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Tu secreto
¡De todo te olvidas! Anoche dejaste
aquí, sobre el piano que ya jamás tocas,
un poco de tu alma de muchacha enferma:
un libro, vedado, de tiernas memorias.
Íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido,
y supe, sonriendo, tu pena más honda,
el dulce secreto que no diré a nadie:
a nadie interesa saber que me nombras.
...Ven, llévate el libro, distraída, llena
de luz y de ensueño. Romántica loca...
¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano!...
De todo te olvidas, ¡cabeza de novia!
Evaristo Carriego
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Letra breve,
Obras de arte absolutas
martes, 3 de septiembre de 2013
Fulgor de Eros
La geometría de mi sangre
es una rosa
que se ofrenda ante tu boca
mientras el férvido caudal
de mis huesos,
corre veloz
hacia tu cuerpo.
Mi sombra esplende, feliz,
ante el vertical espejo
de tu piel.
Se pule mi aliento
en la alquimia
de tu sonrisa.
El soñoliento reloj
escarda los minutos
que nacen de tus senos.
Un cuchillo con forma de mujer
(tu sombra)
hiende mi pensamiento.
Así nos unimos
plenos de incertidumbre
en la noche voraz,
de la cinemática
de un beso.
Víctor Díaz Goris
es una rosa
que se ofrenda ante tu boca
mientras el férvido caudal
de mis huesos,
corre veloz
hacia tu cuerpo.
Mi sombra esplende, feliz,
ante el vertical espejo
de tu piel.
Se pule mi aliento
en la alquimia
de tu sonrisa.
El soñoliento reloj
escarda los minutos
que nacen de tus senos.
Un cuchillo con forma de mujer
(tu sombra)
hiende mi pensamiento.
Así nos unimos
plenos de incertidumbre
en la noche voraz,
de la cinemática
de un beso.
Víctor Díaz Goris
domingo, 1 de septiembre de 2013
Lo sincero
Si día a día enfrento a uno
de los ochenta y cuatro mil
engaños vueltos luz y torpe
oscuridad de nuevo mientras
se abre o cierra el corazón
en ochenta y cuatro mil
gozos rebosantes o en tosco
y repetido dolor continuo,
o mejor, eso, que parpadea
y hace de la luz lo oscuro
y de lo oscuro luz en caminos
insondables de amor rodeándome,
uno en otro y otro en uno y es
suave, no es crudo ni es frío
ni distante el vivo ejercicio
de gratitud que no se sabe
por qué cada cosa viviente
ofrenda, si venimos solos
a este mundo y solos nos vamos
adonde brilla el tiempo a costa
nuestra, o es el sendero acaso
que nos deja ser reclamando
con su ley que dejemos ya
de ser el bello tornasol
constante sin sentido salvo
el de ensayar las formas una
y otra vez condenadas a
la noria de la sed de nuestra
vida, si sólo deshacerla
para no rehacerla nunca
fuera la noble senda de oro,
ruego piedad a mi ceguera
que día a día acaricia todo
sólo como belleza, menos
el tormento oscuro del propio
corazón ante los ochenta
y cuatro mil prodigios que son
engaños del gran teatro o flujo
eterno del río del dolor
y del ansia a quien me apego
Diana Bellessi
de los ochenta y cuatro mil
engaños vueltos luz y torpe
oscuridad de nuevo mientras
se abre o cierra el corazón
en ochenta y cuatro mil
gozos rebosantes o en tosco
y repetido dolor continuo,
o mejor, eso, que parpadea
y hace de la luz lo oscuro
y de lo oscuro luz en caminos
insondables de amor rodeándome,
uno en otro y otro en uno y es
suave, no es crudo ni es frío
ni distante el vivo ejercicio
de gratitud que no se sabe
por qué cada cosa viviente
ofrenda, si venimos solos
a este mundo y solos nos vamos
adonde brilla el tiempo a costa
nuestra, o es el sendero acaso
que nos deja ser reclamando
con su ley que dejemos ya
de ser el bello tornasol
constante sin sentido salvo
el de ensayar las formas una
y otra vez condenadas a
la noria de la sed de nuestra
vida, si sólo deshacerla
para no rehacerla nunca
fuera la noble senda de oro,
ruego piedad a mi ceguera
que día a día acaricia todo
sólo como belleza, menos
el tormento oscuro del propio
corazón ante los ochenta
y cuatro mil prodigios que son
engaños del gran teatro o flujo
eterno del río del dolor
y del ansia a quien me apego
Diana Bellessi
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