La magia de creer para ver

miércoles, 12 de junio de 2013

Ese otro ser


Cierro los ojos, lentamente,
y me sumerjo en un letargo sin tiempo,
silencioso, distante, lejano...
cierro los ojos y me encuentro
con el ser que está en mi interior
lleno de miedos, de preguntas,
lleno de dolores y de angustias,
ese ser que se siente abatido,
que a veces no razona.
Lo observo y con imperante voz
lo invito a que viajemos juntos
por esta vía sin final preciso,
que me ayude a sentirme segura,
que no me hunda con sus miedos,
que no me lleve al abismo.
cierro los ojos y observo,
el camino del retorno no está tan lejos,
yo no quiero transitarlo,
y ese otro ser que está en mí
me seduce, con gestos de dolor
me invita a recorrerlo una vez más.
Ese otro ser no puede estar en mí,
una vez lo despedí de mi interior,
lo condené a la muerte.
Abro los ojos y descubro que soñé,
que solo soy yo, que no hay nadie más,
que ese otro ser soy yo misma,
solo que decidida a no retornar.


Teresa Aburto Unibe

Para quién escribo

              I


¿Para quién escribo?, me preguntaba el cronista, el periodista
        o simplemente el curioso.

 

No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni  para
        su bigote enfadado, ni siquiera para su alzado índice
        admonitorio entre las tristes ondas de música.


Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora
         entre vidrios, como un rayo frío, el brillo de los im-   
         pertinentes).


Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que
         corre por la calle como si fuera a abrir las  puertas
         a la aurora.


O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza
        chiquita, mientras el sol poniente con amor le toma,   
        le rodea y le deslíe suavemente en sus luces.


Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí,
        pero de mí se cuidan (aunque me ignoren).


Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura,
        viviendo en el mundo.


Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida, paridora
        de muchas vidas, y manos cansadas.


Escribo para el enamorado; para el que pasó con su angustia
        en los ojos; para el que le oyó; para el que al pasar no      
        miró; para el que finalmente cayó cuando preguntó y no 
         le oyeron.


Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo
        escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los
        pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin
        oírme,
está mi palabra.



II



Pero escribo también para el asesino. Para el que con
         los ojos cerrados se arrojó sobre un pecho y comió
         muerte y se alimentó, y se levantó enloquecido. 


Para el que se irguió como torre de indignación, y se
        desplomó sobre el mundo.


Y para las mujeres muertas y para los niños muertos, y
        para los hombres agonizantes.


Y para el que sigilosamente abrió las llaves del gas y la
        ciudad entera pereció, y amaneció un montón de cadá-
        veres.


Y para la muchacha inocente, con su sonrisa, su cora-
         zón, su tierna medalla, y por allí pasó  un ejército de
        depredadores.


Y para el ejército de depredadores, que en una galopada
        final fue a hundirse en las aguas.


Y para esas aguas, para el mar infinito.


Oh, no para el infinito. Para el finito mar, con su limita-
        ción casi humana, como un pecho vivido.


(Un niño ahora entra, un niño se baña, y el mar, el cora-   
        zón del mar, está en ese pulso.)


Y para la mirada final, para la limitadísima Mirada Final,
        en cuyo seno alguien duerme.


Todos duermen. El asesino y el injusticiado, el regu-
        lador y el naciente, el finado y el húmedo, el seco
        de voluntad y el híspido como torre.


Para el amenazador y el amenazado, para el bueno y el
        triste, para la voz sin materia
        y para toda la materia del mundo.


Para tí, hombre sin deificación que, sin quererlas mirar,
        estás leyendo estas letras.


    Para tí y todo lo que en ti vive,
yo estoy escribiendo.


De En un vasto dominio
Vicente Aleixandre

El juicio final


Yo, pecador, artista del pecado,
comido por el ansia hasta los tuétanos,
yo, tropel de esperanza y de fracasos,
estatua del dolor, firma del viento.

Yo, pecador, en fin, desesperado
de sombras y de sueños: me confieso
que soy un hombre en situación de hablaros
de la vida. Pequé. No me arrepiento.

Nací para narrar con estos labios
que barrerá la muerte un día de éstos,
espléndidas caídas en picado
del bello avión aquel de carne y hueso.

Alas arriba disparó los brazos,
alardeando de tan alto invento;
plumas de níquel. Escribid despacio.
Helas aquí, hincadas en el suelo.

Este es mi sitio. Mi terreno. Campo
de aterrizaje de mis ansias. Cielo
al revés. Es mi sitio y no lo cambio
por ninguno. Caí. No me arrepiento.

Ímpetus nuevos nacerán, más altos.
Llegaré por mis pies -¿para qué os quiero?-
a la patria del hombre: al cielo raso
de sombras ésas y de sueños ésos



Blas de Otero

Cantar de amigo


Quiero escribir de día.
De cara al hombre de la calle,
y qué
terrible si no se parase.

Quiero escribir de día.
De cara al hombre que no sabe
leer,
y ver que no escribo en balde.

Quiero escribir de día.

De los álamos tengo envidia,
de ver cómo los menea el aire.


De "En castellano", París 1959
Blas de Otero

Desnatada

Estoy al borde de ser borde,
me lo noto.
El precipicio crece,
estoy cansada.
Estoy al borde de ser borde,
estoy a punto
de nieve
mucha nieve. Estoy helada.

Estoy al borde de ser borde
y duele mucho.
¡Dios mío, hazme mediocre!
Estoy cansada
de apostarme la vida a cada instante,
de ir desnuda y verter en todo, el alma.

Déjame que me quede aquí
en el medio,
envuelta en celofán,
bien razonada.

Dame mesura, Dios,
dame mesura,
mesura chapucera y cotidiana.

Hazme mediocre, Dios
hazme mediocre.
En vez de corazón
una ensaimada.
Y el alma en tetra-brik
para que dure....

Ten compasión
y hazme desnatada.

Belén Reyes

lunes, 10 de junio de 2013

Sinopsis

Podéis robármelo todo:
las ideas, las palabras, las imágenes,
y también las metáforas, los temas, los
motivos,
los símbolos, y la primacía
en los dolores sufridos de una lengua nueva,
en el entendimiento de otros, en la valentía
de combatir, juzgar, de penetrar
en asuntos de amor para los que estáis castrados.
Y podéis también no citarme,
suprimirme, ignorarme, aclamar incluso
a otros ladrones más felices.
No me importa: el castigo
será terrible. No sólo cuando
vuestros nietos no sepan ya quiénes fuisteis
y sepan más de mí
de lo que vosotros fingís que no sabéis;
todo, todo cuanto laboriosamente robáis
reverterá en mi nombre. Y será mío,
tenido por mío, contado como mío,
incluso lo poco y miserable
que por vosotros mismos, sin robar, hayáis hecho.
Nada tendréis, nada de nada: ni siquiera huesos,
pues un esqueleto de los vuestros será buscado
para pasar por mío. Para que otros ladrones,
iguales a vosotros, de rodillas, le pongan flores
en el túmulo.

Jorge de Sena

domingo, 9 de junio de 2013

La vana palabra

Me has mirado por tantos rostros...
me has acariciado con tantas manos...
has brizado mi cuerpo con tu aliento
y sorprendido mis ojos con tu halo brillante,
has llenado mi cesto con doradas monedas
y extendido canciones de boda
a los pies de las albas,
pero jamás te he visto,
jamás a solas contigo,
jamás se termina esta desgracia
de la vana palabra que me aleja de ti.


Manuel Pérez Villanueva