La magia de creer para ver

sábado, 20 de julio de 2013

Un juego dadá

Una noche, hará algún tiempo, en Malasaña, hice con dos conocidas un juego poético en que las reglas consistían en lo siguiente: palabras al azar y suplantación de personalidad. Este es el texto que suplantando mi personalidad y con las palabras escogidas por mí misma al azar, creó Almudena. Cada persona conservó el texto con el que la otra persona pretendió suplantar su personalidad.


Alumbramiento verde
la vanagloria de lo inesperado
se tradujo en su cama reciclada
ese rotundo abismo de indefensión
Rómpeme
el desparpajo vacilante impuso ese
remasterizado encuentro políglota
Fe increíble
desgastados guijarros en la orilla
vagabunda, como su algodonoso secreto

martes, 16 de julio de 2013

Credo

Único Dios, Apolo.
Para abrazos y besos y copas y muslos,
para cantas, navajas, guitarras y llantos,
para el presente, tú,
Dionisos, nuestro amigo.
Apolo es la esperanza
de humanizar el sueño ;
las musas, los peldaños,
las vías de pureza.

Jamás aceptaremos más retrato que Apolo.


Ramón Buenaventura

jueves, 4 de julio de 2013

Llovizna

Imágenes tenues de llovizna
se asoman al palacio.
El cielo parece reclamar
a cada ángel perdido y encontrado.
¿No ves que el sol está mintiendo?
¿No escuchas los halcones dorados?
¿Otro verano pasará sin llevarnos?
¿A qué le temes? Soy sólo un espejismo.


Esther González Sánchez

sábado, 15 de junio de 2013

Felices los normales

Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Roberto Fernández Retamar

miércoles, 12 de junio de 2013

Canción del antiavionista


Que vienen, vienen, vienen
los lentos, lentos, lentos,
los ávidos, los fúnebres,
los aéreos carniceros.

Que nunca, nunca, nunca
su tenebroso vuelo
podrá ser confundido
con el de los jilgueros.

Que asaltan las palomas
sin hiel. Que van sedientos
de sangre, sangre, sangre,
de cuerpos, cuerpos, cuerpos.

Que el mundo no es el mundo.
Que el cielo no es el cielo,
sino el rincón del crimen
más negro, negro, negro.

Que han deshonrado al pájaro.
Que van de pueblo en pueblo,
desolación y ruina
sembrando, removiendo.

Que vienen, vienen, vienen
con sed de cementerio
dejando atrás un rastro
de muertos, muertos, muertos.

Que ven los hospitales
lo mismo que los cuervos.

Que nadie duerme, nadie.
Que nadie está despierto.
Que toda madre vive
pendiente del silencio,
del ay de la sirena,
con la ansiedad al cuello,
sin voz, sin paz, sin casa,
sin sueño.

Que nadie, nadie, nadie
lo olvide ni un momento.
Que no es posible el crimen.
Que no es posible esto.
Que tierra nuestra quieren.
Que tierra les daremos
en un hoyo, a puñados:
que queden satisfechos.

Que caigan, caigan: caigan.
Que fuego, fuego: fuego.


Miguel Hernández

Ese otro ser


Cierro los ojos, lentamente,
y me sumerjo en un letargo sin tiempo,
silencioso, distante, lejano...
cierro los ojos y me encuentro
con el ser que está en mi interior
lleno de miedos, de preguntas,
lleno de dolores y de angustias,
ese ser que se siente abatido,
que a veces no razona.
Lo observo y con imperante voz
lo invito a que viajemos juntos
por esta vía sin final preciso,
que me ayude a sentirme segura,
que no me hunda con sus miedos,
que no me lleve al abismo.
cierro los ojos y observo,
el camino del retorno no está tan lejos,
yo no quiero transitarlo,
y ese otro ser que está en mí
me seduce, con gestos de dolor
me invita a recorrerlo una vez más.
Ese otro ser no puede estar en mí,
una vez lo despedí de mi interior,
lo condené a la muerte.
Abro los ojos y descubro que soñé,
que solo soy yo, que no hay nadie más,
que ese otro ser soy yo misma,
solo que decidida a no retornar.


Teresa Aburto Unibe

Para quién escribo

              I


¿Para quién escribo?, me preguntaba el cronista, el periodista
        o simplemente el curioso.

 

No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni  para
        su bigote enfadado, ni siquiera para su alzado índice
        admonitorio entre las tristes ondas de música.


Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora
         entre vidrios, como un rayo frío, el brillo de los im-   
         pertinentes).


Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que
         corre por la calle como si fuera a abrir las  puertas
         a la aurora.


O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza
        chiquita, mientras el sol poniente con amor le toma,   
        le rodea y le deslíe suavemente en sus luces.


Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de mí,
        pero de mí se cuidan (aunque me ignoren).


Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi aventura,
        viviendo en el mundo.


Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida, paridora
        de muchas vidas, y manos cansadas.


Escribo para el enamorado; para el que pasó con su angustia
        en los ojos; para el que le oyó; para el que al pasar no      
        miró; para el que finalmente cayó cuando preguntó y no 
         le oyeron.


Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo
        escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los
        pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin
        oírme,
está mi palabra.



II



Pero escribo también para el asesino. Para el que con
         los ojos cerrados se arrojó sobre un pecho y comió
         muerte y se alimentó, y se levantó enloquecido. 


Para el que se irguió como torre de indignación, y se
        desplomó sobre el mundo.


Y para las mujeres muertas y para los niños muertos, y
        para los hombres agonizantes.


Y para el que sigilosamente abrió las llaves del gas y la
        ciudad entera pereció, y amaneció un montón de cadá-
        veres.


Y para la muchacha inocente, con su sonrisa, su cora-
         zón, su tierna medalla, y por allí pasó  un ejército de
        depredadores.


Y para el ejército de depredadores, que en una galopada
        final fue a hundirse en las aguas.


Y para esas aguas, para el mar infinito.


Oh, no para el infinito. Para el finito mar, con su limita-
        ción casi humana, como un pecho vivido.


(Un niño ahora entra, un niño se baña, y el mar, el cora-   
        zón del mar, está en ese pulso.)


Y para la mirada final, para la limitadísima Mirada Final,
        en cuyo seno alguien duerme.


Todos duermen. El asesino y el injusticiado, el regu-
        lador y el naciente, el finado y el húmedo, el seco
        de voluntad y el híspido como torre.


Para el amenazador y el amenazado, para el bueno y el
        triste, para la voz sin materia
        y para toda la materia del mundo.


Para tí, hombre sin deificación que, sin quererlas mirar,
        estás leyendo estas letras.


    Para tí y todo lo que en ti vive,
yo estoy escribiendo.


De En un vasto dominio
Vicente Aleixandre